Hay pueblos que se maquillan para el turista y pueblos que, sencillamente, se cuidan. Estepona pertenece a la segunda categoría. Su casco antiguo —calles empedradas, fachadas encaladas y miles de macetas de geranios ordenadas por colores— es el resultado de un proyecto paciente que ha convertido el centro en un jardín habitado. No es un decorado: aquí se vive, se compra y se toma café a la sombra de las buganvillas.
A ese encanto de pueblo andaluz se suma una escala humana que ya escasea en la costa: todo se hace a pie, del mercado a la playa de la Rada, del paseo marítimo a la Plaza de las Flores. Y cuando el sol cae, Estepona no compite en decibelios con sus vecinas: compite en sobremesas.
Qué ver y qué hacer
- El casco antiguo florido: pasea sin rumbo por las calles Caridad, Aurora y Villa; cada calle tiene su color de macetas y su propia personalidad.
- La Ruta de Murales Artísticos: más de sesenta fachadas convertidas en lienzos de gran formato, un museo al aire libre que se recorre con el plano municipal o simplemente levantando la vista.
- El Orquidario: bajo sus tres cúpulas de cristal viven más de mil especies de orquídeas junto a una cascada interior; uno de los jardines botánicos más singulares de Andalucía.
- La Plaza de las Flores: el salón de la ciudad, perfecto para un desayuno largo o un vino al atardecer.
- El puerto deportivo: ambiente marinero de verdad, con subasta de pescado cerca y mercadillo dominical.
Playas y paseo
La playa de la Rada, urbana y de arena oscura y fina, recorre todo el frente del pueblo con un paseo marítimo renovado y jalonado de chiringuitos clásicos. Al oeste, la playa del Cristo es la joya local: una concha protegida del viento donde el baño es tranquilo casi todo el año y los atardeceres caen justo detrás de las montañas de Casares. Los veintiún kilómetros de litoral del municipio esconden además calas menos concurridas hacia la zona de El Padrón y Guadalmansa.
Sabor local
Estepona presume de puerto pesquero propio, y se nota. El espeto de sardinas se hace aquí con pescado de la lonja, y las marisquerías del puerto sirven concha fina y quisquilla sin más liturgia que un mantel de papel. En el centro, la cocina andaluza contemporánea gana terreno año a año, con casas de comidas que trabajan producto de la sierra —chivo, queso de cabra payoya— junto a arroces marineros. Para el aperitivo, cualquier terraza de la Plaza de las Flores; para la sobremesa larga, el entorno de la calle Real.
El plan del editor
- Mañana: café en la Plaza de las Flores, paseo por las calles floridas y visita al Orquidario antes de que apriete el calor.
- Mediodía: espetos y concha fina en un chiringuito de la Rada, con los pies casi en la arena.
- Atardecer: baño lento en la playa del Cristo y última copa en el puerto deportivo, mirando cómo vuelven las barcas.