Málaga ha protagonizado la reinvención urbana más admirada de España: en dos décadas ha pasado de ciudad de paso a capital cultural del sur, con más de cuarenta museos, un puerto abierto a la ciudad y un centro histórico que hierve de vida a cualquier hora. Y lo ha hecho sin perder su alma: la de una ciudad portuaria, guasona y luminosa que desayuna pitufo y merienda espeto.

Para el viajero de la costa, la capital es el contrapunto perfecto: un día de arte, historia y compras a media hora de cualquier playa. Para el que la conoce bien, es sencillamente una de las ciudades más agradables de Europa para vivir.

Qué ver y qué hacer

  • La Alcazaba y el Teatro Romano: la postal fundacional de la ciudad, dos mil años de historia superpuestos en plena calle Alcazabilla.
  • El castillo de Gibralfaro: la mejor panorámica de la bahía; se sube a pie por el paseo Don Juan Temboury o en autobús, y se baja al atardecer.
  • El eje Picasso: el Museo Picasso en el palacio de Buenavista y la Casa Natal en la plaza de la Merced, la peregrinación obligada.
  • El Centre Pompidou y el Muelle Uno: el cubo de colores junto al mar, con el puerto convertido en paseo, tiendas y terrazas.
  • El Soho y la calle Larios: arte urbano de gran formato a un lado, la calle comercial más elegante de Andalucía al otro.
  • El mercado de Atarazanas: puerta nazarí, vidriera monumental y el mejor desayuno de mercado de la ciudad.

El mar de la capital

Málaga es de las pocas capitales europeas con playas de verdad en el callejero: La Malagueta a diez minutos del museo, y hacia el este los baños del Carmen, Pedregalejo y El Palo, los antiguos barrios de pescadores donde el paseo se estrecha, las barcas se varan en la arena y los chiringuitos ahúman la tarde con leña de olivo. El plan de domingo malagueño por excelencia: paseo por Pedregalejo, espetos y siesta a la sombra.

Sabor local

La despensa malagueña juega en todas las ligas: el espeto y la fritura en la playa, el ajoblanco y la porra en verano, los vinos dulces de la Axarquía en tabernas centenarias como las de la calle Císter o la plaza de Uncibay, y una vanguardia gastronómica que ya pelea estrellas. Atarazanas es el templo del producto; El Palo, el del pescado; y el centro, un tapeo continuo que no distingue entre lunes y sábado.

El plan del editor

  • Mañana: Atarazanas para desayunar, Alcazaba y Teatro Romano antes del mediodía.
  • Mediodía: tapeo por el centro histórico o arroz en el Muelle Uno, según sople el viento.
  • Atardecer: sube a Gibralfaro para la hora dorada y baja a cenar al Soho; si es verano, espetos en Pedregalejo.